El clic que no se oye

No hay ruido en la habitación, pero algo retumba dentro de mí.
Mis manos tiemblan, aunque trato de disimularlo presionando con fuerza el ratón.
La luz azulada de la pantalla es la única prueba de que el mundo sigue existiendo más allá de estas paredes.
Respiro hondo. El cursor parpadea, inmóvil, como si esperara una última orden.


Sé que una vez lo haga, ya no podré volver atrás.
El silencio alrededor se vuelve espeso, casi sólido, como si tratara de empujarme lejos de esta decisión.
No habrá explicaciones suficientes, ni excusas, ni arrepentimientos que valgan.

Cierro los ojos un instante, imaginando todas las consecuencias desplegándose como un dominó interminable.
Pero no me detengo. No puedo detenerme.
El dedo desciende.
Un clic minúsculo, apenas audible, divide mi vida en un antes y un después.