Salvada al desertar

Desperté jadeando, con el cuerpo empapado en sudor y los latidos golpeando en mi garganta.
La pesadilla era tan real que mis manos aún temblaban.
Corría por un campo de batalla que no era mío. Disparaba sin saber por qué. Obedecía sin entender a quién.
Y al final, moría una y otra vez por una causa vacía.

Me miré al espejo.
Vi en mis ojos la misma mirada perdida del sueño.
Y lo supe:
No era valentía quedarse, era obediencia ciega.
No era cobardía desertar, era recuperar el alma.

Ese mismo día abandoné el uniforme.
Nadie comprendió nada. Ni falta que hacía.
Porque en lo más profundo, yo sí lo entendí todo.