Despertar sin ellos

He abierto los ojos y el mundo ya no es el mismo.
No sé cuántos días han pasado. Quizá semanas. Quizá siglos.
Pero bastó un segundo para entender que algo estaba roto más allá de mi cuerpo.
Nadie me lo dijo al principio. Lo sentí en el silencio. En las miradas que evitaban la mía.
En esa frialdad espesa que no se siente en la piel, sino en el alma.

Y entonces, lo dijeron.
Primero sus nombres. Después, el verbo.
Murieron.

Mi esposa.
Mis hijos.
Toda mi vida pronunciada en pasado, en una sola frase.

No hay grito que alcance.
No hay palabra que abarque esta pérdida.
Yo debería haber muerto.
O al menos, no haber vuelto.
¿Quién soy ahora, sino un cuerpo sobreviviente de su corazón?
¿Qué hago aquí, respirando, si cada aliento es una herida?

No quiero consuelo.
No quiero luz.
Solo cerrar los ojos y volver atrás, antes del asfalto, antes del ruido, antes del corte brutal.
Volver a la risa de mi hija, al abrazo de mi hijo, al olor de su pelo, al calor de su cuerpo junto al mío.
Volver a ella, a su voz, a su mirada que me sostenía.

Pero no se puede.
Estoy vivo.
Y esa es la condena.