No gritó.
No porque no pudiera, sino porque el agua ya le había enseñado que los gritos no suben.
Había entrado al mar como otros días, con ese impulso extraño de quien quiere alejarse sin parecer que huye.
Las olas parecían calmas, pero escondían una respiración distinta, como si algo invisible las guiara hacia dentro.
Avanzó hasta donde los pies ya no tocaban fondo.
Y ahí, en el exacto instante en que el cuerpo flota sin apoyo, supo que algo no estaba bien.
Un tirón. Otro. El miedo no fue un grito. Fue una certeza.
Y la certeza pesa.
Intentó nadar. Una vez. Dos.
La fuerza no estaba en sus brazos, ni en su pecho.
Estaba en el mar, que lo reclamaba sin furia, sin rabia, con esa dulzura terrible que tienen los abismos.
Pensó en muchas cosas mientras se hundía:
en una taza que no lavó,
en un abrazo no dado,
en la palabra “perdón” como un ancla que no soltó.
Y en su madre.
En su madre con los ojos cerrados al sol.
El agua entraba como si no quisiera herir, pero sabía a final.
Cuando ya no distinguía arriba de abajo, cuando el pecho ardía por un aire que no vendría, abrió los ojos.
Y entonces vio algo que ningún salvavidas habría comprendido:
vio su cuerpo rendido, flotando,
pero su alma...
su alma caminaba por la arena.