A veces el miedo no entra por la puerta, sino que se desliza desde dentro, como si hubiera estado siempre ahí, dormido entre los objetos.
Era tarde. Muy tarde. De esas horas en que el silencio pesa tanto que uno puede oír el pulso de la casa. Me recosté, pero no dormía. No del todo. Los ojos cerrados, el cuerpo inmóvil, pero la mente despierta, sospechosa. Un leve crujido. Tal vez la madera. Tal vez no.
El sonido vino del pasillo. O eso creí. Ese es el primer paso: creer. El miedo necesita muy poco para florecer. Basta un susurro en el aire, un golpe leve en alguna parte del techo, una vibración desconocida en el suelo. Enseguida, la lógica huye, y queda el animal.
Pensé en levantarme. Verificar. Pero el pensamiento de lo que podría encontrar era más aterrador que la incertidumbre. Y así comenzó la invasión: el miedo como huésped. Mi cama, mi habitación, mi refugio… ya no me pertenecían. Sentía que la oscuridad sabía que estaba despierto. Que aquello —fuera lo que fuese— también lo sabía.
A veces pensaba que era mi propia soledad la que hacía ruido, como si se manifestara para recordarme que estaba a su merced. Porque en esas horas oscuras, cuando el mundo duerme, uno se da cuenta de que todo lo que reprime durante el día se despierta: culpas, recuerdos, angustias. O fantasmas.
¿Había algo ahí afuera? Nunca lo sabré.
Pero esa noche descubrí que no siempre se necesita una amenaza real para sentir pánico. A veces, basta con escuchar cómo respira la casa.