El instante suspendido

No grito.
No lloro.
No tiemblo.

No como antes. Ahora es diferente.
Hay una calma extraña, como si todo dentro de mí se hubiese rendido, como si el cuerpo supiera antes que yo que ya no queda nada por esperar.

Miro mis manos. Han sido testigos de todo.
De las veces que construí, de las veces que acaricié sin ser correspondido, de los intentos torpes de aferrarme a algo, a alguien, a mí mismo.
Ahora solo están ahí, quietas.
Ya no piden, no tiemblan. No suplican.

He recorrido cada pensamiento una y otra vez como si mi mente fuese una jaula con espejos: cada idea se multiplica, me devuelve mi reflejo desde ángulos distintos, pero siempre soy yo. Siempre soy el mismo error multiplicado.

He pensado en ellos, claro. En quienes me aman, o eso dicen.
¿Pero qué significa amor si uno se siente invisible incluso rodeado de afecto?
El amor no basta si no atraviesa.
Si no te rescata cuando te estás hundiendo en ti mismo.

Hoy he recordado aquel día. El del banco en el parque.
La luz entraba como cuchillas entre los árboles.
Y por un instante, un solo instante, creí que todo podía cambiar.
Me aferré a ese instante tanto tiempo…
Pero se fue. Como todos los demás.

A veces creo que el alma es como una cuerda.
No se rompe de golpe, se va deshilachando.
Y cuando por fin cede, nadie oye el crujido.

He dejado todo en orden.
No porque importe —nada importa ya—, sino porque aún con el corazón hecho jirones, con la esperanza muerta y la voz rota, me queda ese gesto absurdo: no molestar, no incomodar ni siquiera al irme.

Dicen que quien se suicida no quiere morir, solo dejar de sufrir.
No es del todo cierto. Yo sí quiero desaparecer.
Desvanecerme.
Disolverme en el silencio que siempre he llevado dentro.

Y sin embargo…
Aquí estoy.
A un segundo de todo.
Y me detengo.

No por miedo.
No por duda.
Sino por este último pensamiento:
¿Y si todo este dolor es solo un umbral?
¿Y si he llegado tan al límite que ahora sí estoy a punto de cambiar, de nacer de nuevo, aunque duela más?

El cuerpo tiembla.

El tiempo se dilata.

Estoy entre dos mundos, colgado del hilo más fino del alma.

Y aún no he decidido de qué lado caer.