Pensamientos en el umbral de lo irreversible

Todo se detiene. El mundo, el tiempo, incluso el aire.
La voz del médico sigue hablando, pero ya no entiendo el idioma. Solo retumban tres palabras: coma irreversible.


Miro la cama. No sé si sigue siendo mi hijo o solo la sombra de su forma.
Está ahí, pero no está. Respira, pero no vive.
Late su corazón, pero el mío se ha detenido.

Recuerdo cuando reía, cuando me llamaba para contarme tonterías.
Cuando se enfadaba por cosas sin importancia.
Cuando me abrazaba sin pedir permiso.

¿Quién soy yo para decidir si debe quedarse o marcharse?
¿Y si siente, en lo más profundo, que estoy a punto de rendirme?
¿Y si su alma está atrapada, gritando desde el otro lado de este vidrio sin sonido?

Pero también…
¿Y si lo retengo solo por no aceptar mi pérdida?
¿Y si cada día que pasa aquí no es un regalo, sino una prisión?

No hay decisión justa. Solo hay una herida que habrá que aprender a habitar.
Una puerta que se abrirá haga lo que haga,
pero que siempre dejará detrás una parte de mí.

¿Mantener su cuerpo vivo?
¿O dejarle partir para siempre?

No soy Dios. No soy juez.
Solo soy un padre roto.
Y quizá, en ese silencio que ahora nos envuelve,
él ya me haya perdonado antes de que yo decida.