No cierres los ojos

La sangre brota como si huyera de él. Intento detenerla, pero mis manos no bastan. Está frío. Muy frío.

—Aguanta —le susurro, más para mí que para él—. No te vayas. Ya viene ayuda. Ya llega.

Pero no llega. El tiempo se alarga como un hilo roto, suspendido en el aire denso.
Su mirada me atraviesa, vidriosa, como si ya estuviera viendo otro lugar.

—Estoy aquí. Mírame. Estoy contigo.

Presiono con fuerza la herida, inútil, torpe, desesperado. Mi voz tiembla, pero no puedo dejar que lo note. No ahora.
Le hablo sin cesar. Le cuento cosas absurdas, recuerdos lejanos, como si eso pudiera atarlo un poco más a este mundo.

Los coches siguen pasando allá lejos, indiferentes, y el cielo no se ha inmutado.
¿Cómo puede seguir girando el mundo si él se está apagando en mis brazos?

Y en ese instante cruel, todo se reduce a una súplica muda:
No cierres los ojos. Todavía no.