No sentí el golpe de inmediato. Fue como si las palabras flotaran un instante en el aire antes de clavarse en mi pecho con una lentitud perversa.
“Es maligno. Avanzado. No operable.”
Cada término era una cuerda que me iba atando al abismo.
La sala estaba en silencio, pero dentro de mí estallaba un ruido sordo, como un eco sin paredes donde rebotar. La voz del médico siguió hablando, con palabras que ya no oía. Yo solo miraba sus labios moverse como si tradujeran una sentencia que no quería entender.
Pensé en mi cuerpo. En cómo algo en él ya me traicionaba desde hacía tiempo. En cómo, sin saberlo, había empezado a despedirme. Pensé en el tiempo que me quedaba. ¿Meses? ¿Semanas? ¿Días?
Y luego pensé en todo lo que no había dicho, en todo lo que no había sentido con suficiente intensidad, en lo que creí que podía esperar.
Una extraña serenidad me rozó: la de quien ya no tiene que aplazar nada.
Me imaginé despidiéndome sin dramatismo, con gestos pequeños, con miradas que hablaran por mí. Sin explicar demasiado. Solo estar, sentir, entregar lo poco que aún pudiera ofrecer.
El médico me devolvió la mirada. Por un instante, me pareció que también él se quebraba un poco por dentro.
Quizás en ese cruce de ojos estaba toda la humanidad que necesitaba para empezar a aceptar.