No hay reloj en esta habitación. Solo el ritmo suave de su respiración, cada vez más leve, cada vez más lejos. Le tomo la mano como si eso pudiera anclarla al mundo. Pero sé que ya no mira este mundo, sino otro que se va abriendo en la penumbra de sus ojos cerrados.
Le susurro recuerdos, esperando que alguno flote hasta donde ella esté ahora: la vez que bailamos bajo la lluvia sin música, la risa que me salvó del abismo, su mano sobre la mía en medio de un terremoto emocional. Ella fue mi casa cuando todo temblaba.
Ahora, su cuerpo ya no busca calor, solo descanso. Pero yo aún necesito abrazarla con la mirada, como si pudiera memorizar cada línea de su rostro antes de que el tiempo la borre.
No hay heroísmo en la muerte, solo un silencio largo que lo abarca todo. Pero hay amor. Y eso, eso sí permanece. Lo deposito en sus párpados con un beso y dejo que se quede ahí, donde nadie podrá tocarlo.
Quizá acompañar sea esto: no impedir el final, sino llenarlo de sentido.