Desde entonces, cada día tiene el mismo color: un gris espeso que se adhiere a la piel.
El colchón es delgado, la pared áspera, la luz apenas entra por la ranura del mundo exterior. Pero lo que más pesa no es el encierro: es la compañía constante de uno mismo.
Pensé que me conocía. Pero aquí he descubierto zonas oscuras de mi mente que nunca quise explorar. Recorro los mismos pensamientos como si fueran pasillos estrechos. A veces, escucho pasos que no existen. A veces, el silencio me grita.
Hay días en que me arrepiento. Otros en que dudo. ¿Fue justa la condena o simplemente fue el destino buscando una pausa?
He contado las grietas de la pared. He aprendido a leerlas como mapas, como si me hablaran del tiempo que no pasa. Afuera, supongo que todo sigue girando. Adentro, solo giro yo, sobre mí mismo.
No sé si saldré. Pero si lo hago, no seré el mismo. Tal vez más libre que nunca. O tal vez, irreparablemente preso de mí.