La taza intacta

Aún conservaba su taza.

No la más bonita, ni la más valiosa. Era de cerámica blanca, con un pequeño desconchón en el borde. Él la usaba cada mañana, sin falta. Café solo, sin azúcar. Siempre el mismo gesto: una pausa breve antes del primer sorbo, como si bebiera también el silencio del amanecer.

Desde que se fue, ella no había movido la taza de su sitio. Quedaba allí, inmóvil, esperando algo que no iba a volver. Cada vez que pasaba junto a la estantería, la miraba de reojo, como si le hablara. Como si supiera.

Nunca supo cómo fue exactamente el accidente. Dicen que se salió de la carretera, que llovía, que iba solo. Las palabras resbalan cuando no traen respuestas. Solo quedaban su chaqueta en el perchero, un libro sin terminar sobre la mesa, y esa taza. Intacta.


Una mañana, sin pensarlo, la llenó de café. Lo hizo con manos firmes, pero el pulso le tembló al acercarla a los labios. No sabía si lloraba por el sabor amargo o por la dulzura de haberlo recordado tan exactamente.

Ese día no dijo nada. Solo la dejó de nuevo en su lugar, como si él fuera a llegar tarde y la necesitara después.