La curva de las magnolias

El parte meteorológico anunciaba niebla densa, pero Clara decidió conducir de todos modos. Tenía que llegar al hospital antes de las siete. Su madre, operada de urgencia la noche anterior, apenas balbuceó su nombre al despertarse. No podía fallarle otra vez.

La carretera secundaria que bordeaba el bosque era más rápida. También más peligrosa. A mitad de camino, una figura apareció junto al arcén: un hombre con chaqueta militar levantando el pulgar. Clara dudó un segundo. Iba tarde. Pero paró.

—Gracias —dijo el hombre mientras se sentaba—. No hay muchos valientes hoy.

La conversación fue extrañamente cálida. Él hablaba poco, pero cada frase tenía un peso preciso, como si conociera algo que ella no. Al tomar la curva de las magnolias —ese tramo cerrado y traicionero— el hombre le susurró: “Frena. Aquí perdí a mi hija”.


Clara clavó el pie en el freno. Al instante, un ciervo cruzó la carretera. El coche derrapó, pero se detuvo antes del barranco. Clara temblaba. Giró para agradecerle, pero el asiento estaba vacío.

Llegó al hospital con el corazón desbocado. La enfermera la recibió con una sonrisa inesperada.

—Ha despertado hace cinco minutos. Preguntó por usted. Dice que la vio en sueños, parada al borde de un abismo.