Había sido un día como todos, pero al mismo tiempo no lo era.
Las mismas calles, el mismo banco en la esquina, los mismos pasos arrastrándose hacia la puerta.
Y sin embargo, al entrar, supo que algo había desaparecido.
Las mismas calles, el mismo banco en la esquina, los mismos pasos arrastrándose hacia la puerta.
Y sin embargo, al entrar, supo que algo había desaparecido.
Sobre la mesa, el cuenco de barro.
Vacío.
Ni una miga, ni un rastro de leche, ni siquiera la cucharilla de siempre.
Solo el cuenco, con su borde agrietado,
como si también él hubiera sentido el abandono.
Vacío.
Ni una miga, ni un rastro de leche, ni siquiera la cucharilla de siempre.
Solo el cuenco, con su borde agrietado,
como si también él hubiera sentido el abandono.
—Hoy no comió —dijo la vecina, con la voz baja, casi vencida—.
Se quedó mirando por la ventana hasta que oscureció.
Se quedó mirando por la ventana hasta que oscureció.
La habitación olía a ropa vieja y a silencio.
Todo estaba igual, salvo la silla.
Estaba corrida, como si alguien se hubiese levantado de golpe
y no hubiese tenido tiempo de volver.
No dijo nada.
Solo se sentó frente al cuenco,
como si al mirarlo lo suficiente, pudiera devolverle lo que ya no estaba.
Como si la ausencia tuviera forma, y pudiera llenarse con lágrimas.
Ese día no hubo palabras.
Solo un cuenco.
Y el sonido invisible de un instante roto.