La moto caída

El rugido se apagó en seco.
No hubo derrape largo, ni gritos, ni frenada.
Solo el sonido metálico contra el suelo,
y luego… la respiración.
Esa respiración que por un momento se escucha más que todo.

El casco rodó unos metros.
El espejo quedó girado hacia el cielo.
Y la moto, tendida sobre el asfalto caliente,
parecía un animal vencido.

Un guante solitario.
Unos dedos que ya no se mueven.
Un semáforo en verde que no sirve de nada.

La gente llegó después.
Con sus móviles, con sus voces, con sus no-sé-qué-hacer.
Pero el tiempo ya se había detenido.

En medio de todo,
la moto seguía ahí, inmóvil,
como si esperara que alguien la encendiera de nuevo.
Pero nadie lo hizo.