El semáforo no estaba roto.
Solo fue un instante,
como todos los que rompen una vida en dos.
El coche quedó de lado,
como un animal herido que ya no respira.
Las luces parpadeaban sin ritmo,
y el claxon se apagó en un último suspiro eléctrico.
Sobre el asfalto,
los cristales dibujaban un mapa.
Una constelación hecha de cosas rotas:
el retrovisor, el móvil abierto en la pantalla de mensajes,
un pendiente sin par.
Alguien dijo su nombre.
Pero no hubo respuesta.
La conversación había quedado en pausa.
Y ese mensaje,
el que aún no había sido enviado,
seguía ahí.
“Estoy llegando.”
Pero ya no llegó.
Solo los cristales.
Y el eco de lo que nunca se terminó de decir.