La mecedora vacía

Siempre estaba ahí.

Una mecedora de madera, junto a la ventana, mirando hacia ninguna parte. Nadie se sentaba en ella desde hacía meses, pero nadie se atrevía a moverla. Era como si aún guardara el calor de alguien que se había ido demasiado despacio.


Las cortinas bailaban con el viento de abril, y por un momento, él creyó ver una sombra sentarse.

No dijo nada. Solo cerró los ojos y esperó.

Habían compartido tantos silencios en esa silla, que ahora el vacío hacía más ruido que las palabras.

Recordó sus manos —pequeñas, temblorosas, decididas— apoyadas en el respaldo, como si la madera pudiera sostener un adiós.

Y recordó también la última vez que la vio sentarse, con la mirada perdida y los ojos llenos de despedida.

Desde entonces, la silla no volvió a moverse.

Él tampoco.