Un segundo cualquiera.
Uno de esos que no hacen ruido, que no dejan marca.
Un segundo en el que no pasó nada.
Y sin embargo, lo partió todo.
Estaba en la esquina, con el semáforo en rojo, mirando cómo la lluvia trazaba líneas finas sobre el cristal de sus gafas. Al otro lado de la calle, ella. No llevaba paraguas. Su pelo oscuro empapado le caía sobre los hombros. Parecía no tener prisa. O tal vez solo estaba dudando, igual que él.
Él pensó en cruzar.
Ella lo vio.
Y no pasó nada.
No levantó la mano.
No sonrió.
No avanzó.
Él tampoco.
Se quedaron quietos en el borde de la posibilidad, como dos piezas que encajan en una caja cerrada.
Y el semáforo cambió.
Pero desde entonces, todo ocurre dentro de ese segundo.
Y no pasó nada.
Él regresó a casa.
Vivió.
O eso pareció.
Comió, durmió, envejeció.
Se convirtió en alguien que habla poco.
Alguien que, cuando cae la noche, se asoma a ese segundo como quien abre una herida con cuidado, para comprobar si aún duele.
Porque el recuerdo no es de lo que fue.
Es de lo que no llegó a ser.
Ese segundo es su hogar.
El tiempo fuera del tiempo.
El único instante verdadero.