No gritó.
O si lo hizo, la montaña no lo devolvió.
O si lo hizo, la montaña no lo devolvió.
Todo había sido preciso: el nudo, los mosquetones, la ruta.
Nada falló, salvo el instante.
Ese momento ínfimo en que el pie resbala,
la mano no alcanza,
y el cuerpo deja de pertenecer al cuerpo.
La cuerda no se rompió.
Solo se soltó.
Y quedó colgando, tensa, muda,
como un signo de interrogación sin respuesta.
Abajo, la mochila abierta.
Una barrita mordida.
Un mapa arrugado.
Y una piedra que aún rueda, como si buscara compañía.
Una barrita mordida.
Un mapa arrugado.
Y una piedra que aún rueda, como si buscara compañía.
Nadie ve la caída.
Solo el eco la sospecha.
Pero la cuerda sigue ahí,
ondeando en el aire quieto,
como si esperara que algo volviera a sujetarla.