El vacío queda planchado.
Las sábanas aún huelen a la última noche.
Al gesto rutinario de alisar el borde,
al suspiro con el que siempre se cerraban los ojos.
Ella decía que hacer la cama era un acto de orden interior.
Un rito para que el día no se desmoronara.
Y por eso, al levantarse, estiraba cada pliegue con cuidado,
como si tejiera una promesa silenciosa: volveré.
Hoy, esa promesa no se cumplió.
No hay arrugas. No hay huella.
Solo una superficie tensa, inmóvil, perfecta…
y por eso tan hiriente.
No hay nada más cruel que una cama intacta.
Porque el dolor desborda, pero las sábanas no lo muestran.
Porque el tiempo no la toca.
Porque espera sin saber que ya no hay a quién esperar.