La carta sin abrir

Llovía cuando llegó, pero nadie abrió la puerta.
El cartero, acostumbrado a la indiferencia de los felpudos, dejó el sobre con cuidado, como si aún tuviera algún poder. Era grueso, antiguo. De esos que no traen facturas, sino historias.


Pasaron los días. Luego semanas. El tiempo comenzó a marcar su huella: una esquina húmeda, una arruga que parecía un suspiro detenido.

Dentro, una caligrafía temblorosa intentaba alcanzar a alguien que ya no estaba dispuesto a leer.

Los vecinos pasaban frente a la puerta cerrada sin atreverse a tocar el timbre. Algunos sabían lo que había sucedido allí, otros solo intuían el silencio. El sobre seguía allí. Como un testigo. Como una culpa.

A veces, el viento lo desplazaba unos centímetros. Como si la casa respirara apenas. Como si el pasado intentara entrar de nuevo.
Pero nadie lo recogía.
Nadie lo abría.

Hasta que un día, un niño se agachó y lo sostuvo en sus manos.
Preguntó a su madre por qué estaba allí.
Ella no respondió. Solo lo tomó suavemente, lo metió en su bolso y, al llegar a casa, lo quemó sin leerlo.

Y así, lo que dolía… siguió sin saberse.