No gritó.
No dijo su nombre.
Solo se oyó un ruido seco,
como una silla que cae
o un jarrón que se rinde al suelo.
No dijo su nombre.
Solo se oyó un ruido seco,
como una silla que cae
o un jarrón que se rinde al suelo.
La abuela bajaba siempre despacio.
Con la mano en la barandilla
y la mirada en los escalones,
como si cada uno guardara una historia.
Ese día no bajó.
Cayó.
Y no había nadie.
Solo el reloj de pared,
los zapatos ordenados junto a la entrada
y una galleta olvidada en la mesa del salón.
Solo el reloj de pared,
los zapatos ordenados junto a la entrada
y una galleta olvidada en la mesa del salón.
La vecina escuchó el golpe dos horas después.
El nieto llegó esa tarde,
y preguntó por qué no respondía.
La casa aún olía a sopa.
El tiempo aún no se había dado cuenta.
Pero ella ya no estaba.
Solo quedaba el eco
de aquel golpe en la escalera.