La cucharilla temblaba levemente en el borde del cuenco, aún humeante.
No había ruido, salvo el eco de una puerta cerrándose en la memoria.
En la mesa, solo un cuenco. Solo uno.
No había ruido, salvo el eco de una puerta cerrándose en la memoria.
En la mesa, solo un cuenco. Solo uno.
Había sido preparado con amor, con rutina, con una fe silenciosa.
Pero nadie volvió a sentarse.
Nadie probó la sopa.
Solo el vapor, como un suspiro suspendido, se elevó un instante más.
Pero nadie volvió a sentarse.
Nadie probó la sopa.
Solo el vapor, como un suspiro suspendido, se elevó un instante más.