El cuarto está intacto, como si el tiempo hubiese decidido congelarse allí. Una cama perfectamente hecha, con una muñeca a los pies y un libro infantil abierto por la mitad. En el aire, la luz del atardecer atraviesa las cortinas con una dulzura que duele. Nadie ha tocado nada desde hace días. Solo el silencio se sienta en la silla junto al escritorio. No hay cuerpo. No hay llanto. Solo la ausencia sólida de quien debía volver y no volvió. Cada objeto —el vaso de leche a medio tomar, el abrigo colgado, las zapatillas alineadas— grita su nombre sin emitir un sonido.