Siempre creemos que hay otro día. Otro momento. Otra oportunidad para decir lo que callamos.
Y luego… no la hay.
Recuerdo cómo te fuiste.
No como imaginé, no como habría querido.
No hubo abrazos largos ni palabras suaves. Solo una despedida breve, casi automática.
“Nos vemos”, dijiste.
Y yo asentí, como si fuera cierto.
Pero no nos vimos.
Pasaron los días.
Y de repente, eras ausencia.
No una ausencia ruidosa, dramática, sino esa que se escurre por las rendijas de lo cotidiano.
Tu taza seguía en la mesa.
Tus mensajes aún estaban sin leer.
Tu olor, durante unos días, flotó en el abrigo colgado detrás de la puerta.
Lo juro.
Una noche incluso marqué tu número y lo borré antes de pulsar “llamar”.
No supe qué decir.
No quería parecer débil.
O tal vez no quería enfrentar lo que en el fondo ya intuía: que algo se estaba apagando.
No dijimos lo importante.
No dijimos que dolía, que fallábamos, que nos distanciábamos sin entender del todo por qué.
Y lo que no se dice se queda en el aire.
Pero pesa.
Pesa mucho.
A veces, me encuentro hablándote en voz baja.
No sé si para ti o para mí.
Como si al hacerlo pudiera aligerar el nudo.
Como si al nombrarte pudiera traer de vuelta lo que ya no tiene regreso.
Hay cosas que deberían decirse antes de que sea tarde.
Pero no las dijimos.
Y ahora solo quedan estas palabras, solas, tardías,
dirigidas a alguien que ya no está para escucharlas.