El borde final

El aire es denso, como si el mundo entero contuviera el aliento.
Estoy solo. No por elección. No por abandono.
Solo, porque ya nada puede alcanzarme.

La herida late con su propio pulso, distinto al mío, como si un segundo corazón —negro, ajeno, terminal— hubiera nacido en mi interior. No hay sangre suficiente para contener el frío que se me extiende por dentro.

No grito. No hay nadie a quien hacerlo. Y aunque lo hiciera, el eco no traería respuestas, solo confirmaciones.
Lo sé. Esta herida no me llevará a un hospital, ni a un milagro. Me llevará al silencio.


A mi alrededor, el mundo parece continuar en pausa. Como si esperara respetuosamente mi final.
El dolor ha dejado de ser punzante. Ahora es conocimiento. Comprensión.
Sé que estoy muriendo.
Y en ese saber, hay una extraña claridad.

No hay rabia, ni miedo. Solo un leve asombro por lo simple que puede ser el límite entre estar y dejar de estar.
Y un pensamiento persistente:
Esto es lo último que seré. Y lo estoy siendo solo.