Amerizaje

El avión sobrevolaba un océano sin memoria. No había tierra a la vista, ni en la mirada ni en la esperanza. El pasaje, incompleto, compartía una extraña calma rota solo por murmullos flotantes. De pronto, el rugido de los reactores cesó, como si el cielo hubiera decidido cerrarse.

La voz del piloto sonó firme, pero ya no importaba el tono. Decía lo que todos temíamos: nos preparábamos para caer, para hundirnos. Las azafatas se convertían en estatuas que señalaban instrucciones de una coreografía aprendida para la tragedia.


Yo pensé en el agua fría entrando por los pulmones, en el golpe del cuerpo contra el mar como contra un muro de cristal. No recé. No grité. Solo recordé, sin saber por qué, el olor del café una mañana cualquiera. Y supe que ahí, en ese detalle insignificante, estaba todo lo que no quería perder.

Los cinturones apretaban más que el miedo. Algunos lloraban. Otros cerraban los ojos como si así pudieran negar el azul interminable que esperaba abajo. Yo me aferraba al asiento con una extraña dignidad: no por esperanza, sino por respeto al cuerpo que todavía era mío.

El avión descendía. Lo sabíamos sin ver. El ángulo cambió, como si el horizonte se inclinara para recibirnos. Un niño preguntó si íbamos a aterrizar sobre una ballena. La madre no supo qué responder. Nadie supo qué responder.

En ese último minuto, todo era intensidad: los colores, los sonidos, incluso el silencio. Pensé que el tiempo se abría como una flor invertida, donde cada segundo tenía mil pétalos. Y en uno de ellos, sentí paz. Como si, justo antes del impacto, la muerte tuviera la cortesía de anunciarse con dulzura.

Después, el mar.