La estación de los sueños rotos

Cada mañana, antes de que el sol deslice su luz sobre los tejados oxidados, él ya está allí.
Siempre en el mismo banco de madera carcomida, bajo la marquesina que apenas se sostiene. La estación lleva cerrada más de dos décadas, pero a él eso no le importa. Ni a los gatos que duermen entre los raíles cubiertos de maleza, ni al viento que silba como un tren lejano que nunca llega.


No espera a nadie. Tampoco parece recordar con claridad a quién despidió por última vez.

Solo permanece quieto, mirando las vías como si en cualquier momento fueran a encenderse de nuevo, a latir como antes, a vibrar con la promesa de una partida.

Las paredes de la sala de espera siguen cubiertas de carteles que se niegan a caer del todo. “Billetes con descuento”, “Viajes de verano”, “Destino Sur”. Todos polvorientos, descoloridos, fragmentarios. Como su memoria.

Algunos días trae una libreta. No escribe en ella. Solo la abre, la deja reposar sobre las piernas y pasa las páginas en blanco como si buscara algo que ya no está.
Otros días se limita a cerrar los ojos. Entonces, la estación parece respirar con él. Un susurro leve, como si recordara los pasos que una vez la cruzaron, las maletas arrastradas, las despedidas murmuradas al oído, los besos a medio dar.

Los vecinos dicen que es viudo. Que su hija se fue lejos. Que trabajó allí toda su vida, vendiendo billetes, anunciando horarios por el altavoz. Que tal vez espera aún que vuelva aquel tren que jamás partió.
Pero nadie pregunta demasiado. Solo lo ven allí, cada mañana, con su abrigo de lana gastada y su mirada hundida en el hierro dormido.

Cuando el sol comienza a calentar el aire, él se levanta sin prisa.
Pasa la mano por el banco, como despidiéndose.
Camina despacio hasta desaparecer tras el seto que bordea la vieja verja oxidada.
Y la estación —la estación de los sueños rotos— vuelve a quedar sola, con sus sombras alargadas y su espera infinita.

Hasta mañana.