La habitación olía a desinfectante y a flores marchitas.
El reloj de la pared parecía burlarse de mí, avanzando con una lentitud cruel.
Ella me había prometido que vendría hoy. Que después del trabajo se sentaría a mi lado, como cuando era niña y buscaba mi mano entre las sábanas.
Me aferré a esa promesa como quien se aferra a un hilo en mitad del vacío.
Pasaban las horas.
Las sombras trepaban por las paredes, y el sonido de los pasos en el pasillo se iba apagando como una canción lejana.
Cada vez que oía el ascensor, mi corazón latía un poco más fuerte.
Cada vez que no era ella, algo dentro de mí se resquebrajaba un poco más.
El cansancio empezó a ganar terreno.
Los párpados me pesaban, la respiración se volvía un esfuerzo demasiado grande.
Me dije que aguantaría. Que abriría los ojos y la vería entrar, con su abrigo mojado, con esa sonrisa culpable que siempre traía cuando llegaba tarde.
Y entonces, la vi.
O creí verla.
Una figura en la puerta.
Un destello de su cabello, la curva de su rostro, el brillo de sus ojos.
Sonreí, o al menos eso intenté, y dejé que el peso de la espera se deslizara fuera de mí.
La última sensación que tuve fue la de su mano tibia rozando la mía.
La paz.
La certeza de que había cumplido su promesa.
Nunca supe si de verdad llegó.
Pero en aquel instante, para mí, fue suficiente.