La vi desde la puerta apenas entreabierta.
La habitación estaba en penumbra, las cortinas a medio correr, el aire suspendido en un silencio denso.
La silla seguía allí.
Donde siempre.
Junto a la ventana.
Era absurdo que algo tan pequeño, tan corriente, pesara tanto en el pecho.
Pero era así.
Crucé el umbral casi con miedo, como si al pisar aquel espacio pudiera romper algo sagrado.
La casa olía todavía a ella: ese aroma cálido a colonia suave, a libros viejos, a tardes infinitas de conversación.
Me senté en el borde de la cama.
La silla seguía vacía, quieta, indiferente.
Recordé sus manos apoyadas en los brazos de madera, su forma de entrelazar los dedos cuando pensaba en algo importante.
Recordé las veces que me miraba en silencio desde allí, como sabiendo que las palabras no siempre alcanzan.
Ahora no había nadie para mirar.
Solo esa ausencia espesa, inevitable.
No lloré.
Había llorado demasiado en otros momentos, en otros lugares.
Aquella tarde, frente a su silla vacía, entendí que el dolor había cambiado de forma.
Ya no era un vendaval: era una marea persistente, una humedad constante en los huesos del alma.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y dejé caer la cabeza.
Respiré hondo.
Sentí el peso del aire, de los recuerdos, de todo lo que ya no volvería.
No hacía falta llenar la silla con otra vida, ni moverla, ni esconderla.
Su vacío también era su herencia.
Me incorporé lentamente.
Rocé con los dedos el respaldo, un gesto casi involuntario, como quien despide a alguien que duerme.
Al salir, dejé la puerta entreabierta.
Como ella solía hacerlo.
Como si, de alguna manera, todavía fuera a volver.