El mensaje no leído

Sabía que debía parar, pero la urgencia podía más que el cansancio.

La carretera parecía un río oscuro bajo la lluvia, y las luces de los coches venían y se iban como recuerdos difusos.
Vibró el móvil en el asiento del copiloto.
Lo miré de reojo, apenas un destello: su nombre en la pantalla, el nombre que hacía días no me atrevía a marcar.

Sentí el impulso de alcanzarlo, de leer lo que decía.
Tal vez era ella diciéndome que lo sentía, que todo tenía arreglo, que me esperaba.
Tal vez era la última oportunidad de no perderlo todo.
No lo sé.
No llegué a saberlo.

Un golpe seco.
Un crujido de metal.
Un giro imposible.

Vi el cielo girar sobre mí como un remolino de agua negra, y el mundo entero se plegó en un estallido de dolor y frío.

Cuando abrí los ojos, el móvil estaba a unos metros, brillando como una luciérnaga herida entre los restos del coche.
El mensaje seguía ahí, sin abrir, latiendo con cada parpadeo de la pantalla.

Quise arrastrarme hacia él.
Quise estirar la mano, leerlo, aferrarme a esa última chispa de algo que ya se me escapaba.
Pero el cuerpo no me obedecía.
El frío me estaba vaciando desde dentro.

Cerré los ojos pensando en ella.
Pensando en todo lo que nunca llegaría a saber.
En todo lo que nunca podría contestarle.

El mensaje seguía parpadeando en la oscuridad cuando me fui.