La curva que nos esperaba

No había planes. Solo la carretera mojada y la noche que empezaba a cerrarse como un puño.

Ella iba sentada a mi lado, con la cabeza apoyada en el cristal, dibujando círculos invisibles con la yema del dedo.
La música sonaba baja, apenas un murmullo entre los dos, como si también supiera que las palabras habían dejado de servir.

La primera curva fue un aviso.
El coche resbaló apenas un centímetro, una vibración mínima bajo las ruedas, pero suficiente para que los dos contuviéramos el aliento.
No dijimos nada. No hacía falta.
A veces el peligro tiene esa voz muda que se escucha mejor que cualquier grito.

El siguiente tramo era recto, pero yo ya había perdido la confianza.
Miré de reojo su perfil, sus labios temblando apenas, su mano cerrada en un puño sobre el regazo.
Quise decirle que todo iba a estar bien, que en cuanto llegáramos hablaríamos de todo, de nosotros, de lo que se había roto y de lo que aún podía salvarse.
Pero el miedo me trabó la lengua.

Cuando llegó la curva, supe que no iba a poder controlarlo.
El volante respondió tarde, el coche se deslizó como un animal herido, y sentí su mirada clavada en mí, como una súplica silenciosa.
La barandilla surgió de la nada, y el mundo se plegó sobre nosotros en un rugido sordo.

El impacto me arrancó de mí mismo.
Vi destellos: el parabrisas estallando, su cabello flotando en un aire imposible, el dolor como una ola rompiendo hueso y carne.

Luego, el silencio.
Un silencio tan absoluto que casi me hizo creer que ya no existía nada.

Tardé en entender que seguía vivo.
Tardé más en entender que ella no.

Traté de moverme, de llamarla, de alcanzarla, pero mi voz era apenas un hilo roto, y mi brazo no obedecía.
Su rostro estaba allí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, con los ojos entrecerrados y una paz extraña que me destrozó más que el dolor.

La lluvia empezó a golpear la carrocería destrozada, como si el cielo también llorara por ella.
Yo ya no podía.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que llegaran las luces azules, los gritos, las manos intentando arrancarme del hierro retorcido.
No sé si alguna vez volví a salir realmente de aquella curva.
A veces, en las noches en que la lluvia vuelve a buscarme, todavía siento su mano sobre la mía.
Todavía escucho su voz diciéndome sin palabras que no era culpa mía.

Pero no importa.
Siempre supe que, de alguna forma, fui yo quien la llevó hasta ese borde del mundo.
Hasta ese instante roto del que ya no se regresa.