Cuando terminó de tocar, el anciano permaneció inmóvil ante el piano.
Nadie aplaudió.
Su hija se acercó y le acarició el hombro.
—Papá, ha sido precioso.
Él sonrió.
—¿Ha venido tu madre?
Ella bajó la mirada.
—Sí, papá. Ha venido.
El anciano buscó entre las sillas vacías.
—¿Dónde está?
Su hija señaló la primera fila.
—Ahí. Como siempre.
Él levantó la mano y saludó emocionado.
Su hija esperó a que cerrara los ojos para recoger la urna que había colocado sobre aquella silla.
Hacía once años que su madre había muerto.
Y tres meses que su padre había olvidado cómo despedirse.
