Cuando escuchó los golpes, Elena apagó la luz.
—Mamá, abre. Soy yo.
Reconoció inmediatamente la voz de su hijo.
Hacía siete años que no lo veía. Siete años desde aquella noche en que él, borracho, la golpeó y juró que volvería para matarla.
—Solo quiero hablar contigo —suplicó desde el rellano.
Elena permaneció inmóvil.
—He cambiado, mamá. Te lo prometo.
Escuchó cómo se deslizaba lentamente hasta sentarse al otro lado de la puerta.
Después, un sollozo.
—Tengo miedo, mamá.
Ella también.
Durante una hora permanecieron separados por unos centímetros de madera.
Finalmente, Elena se levantó y acercó la mano a la cerradura.
Pero no giró la llave.
—Yo también te quiero, hijo —susurró.
Al amanecer, encontró una nota bajo la puerta.
«Gracias por no abrir. Anoche todavía no estaba preparado para ser una persona distinta».
Elena lloró abrazada al papel.
Por primera vez en siete años, su hijo había hecho algo para protegerla.
