La lámpara encendida

La luz seguía encendida.
Una lámpara pequeña, en la esquina del salón, derramando un brillo cálido sobre un sofá vacío.
Era la única claridad en toda la casa, como un faro inútil llamando a alguien que ya no podía volver.

Me quedé en el marco de la puerta, incapaz de avanzar.
La lámpara iluminaba un libro abierto por la mitad, una manta caída del brazo del sofá, un vaso a medio beber.
Todo era reciente.
Todo estaba vivo.
Todo menos la persona que había dejado esas huellas.

El silencio era tan profundo que la luz parecía escucharlo.
Y en ese resplandor frágil comprendí algo devastador:
las luces que dejamos encendidas no son olvidos, son esperas.
Esperas que ya no tienen a quién esperar.

No apagué la lámpara.
Sé que algún día se fundirá sola.
Y ese día, quizás, la casa por fin entienda que la ausencia es definitiva.